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IN VINO, VERITAS

Para aquellos que, como es mi caso, el latín sea tan solo un lejano recuerdo de los años de “segundo de BUP” (término “vintage” equivalente al actual cuarto de ESO), la traducción de la frase sería “en el vino, la verdad”.

 

Frase y traducción vienen a cuento porque me gustaría compartir con vosotros algunas reflexiones sobre el vino; sobre el producto, pero también sobre el proceso de elaboración y la variedad y riqueza de aprendizajes que aquellos que dirigimos personas y empresas podemos extraer en cuanto a calidad, innovación, planificación, toma de decisiones, sostenibilidad, ver oportunidades en las amenazas, el cuidado de las materias primas y la gestión de la emergencia climática entre muchas otras.

 

Comenzaré por lo más común, por la primera imagen que acude a nuestra mente cuando pronunciamos la palabra “vino”: una copa con un líquido oscuro (o claro; que “sobre gustos no hay colores”) que nos acercamos a la nariz y olemos y que después nos llevamos a la boca tomándonos todo el tiempo del mundo para apreciar aromas, gustos y matices, cerrando los ojos incluso para apreciarlos mejor.

 

¿Reconocen la experiencia descrita? Si la analizamos veremos tres momentos diferentes asociados a otros tantos sentidos. El primer momento, el de la vista; el de reconocer el líquido, ver como se balancea en la copa cuando la hacemos rotar para apreciar “la lágrima”, el rastro que un buen vino deja en la pared del recipiente. El segundo, el de activar nuestro olfato para que reconozca toda la gama de olores que sea capaz y el tercero, el gusto, para que haga lo mismo con la paleta de matices.

 

Como ya hemos comentado antes, esto último solemos hacerlo cerrando los ojos para que la ausencia de la vista nos permita centrarnos en esos otros dos sentidos. El uso privilegiado que hacemos de la vista como canal principal de información, casi único, hace que precisemos anularlo, cerrando los ojos, para poder captar información por los otros dos y poder disfrutar de la experiencia. 

 

En este sentido (y valga la redundancia) la degustación del vino puede tomarse perfectamente como una metáfora de nuestra experiencia en la toma de decisiones.

 

Las decisiones sobre si el vino que estamos degustando es bueno o no, si nos gusta o no (en el fondo, ambas cosas deberían ser lo mismo, pero esa es una discusión para otro post) dependen de la información que nos llega por dos sentidos que tenemos desatendidos y atrofiados hasta el punto de no poder encontrar todos los matices que el vino nos ofrece pero que, no somos capaces de percibir al estar desentrenados en su uso y tener que pasar por un proceso de “capacitación” para conseguirlo. 

 

En definitiva, disfrutamos de la experiencia de beber una buena copa de vino hasta el punto de repetir la compra de la misma marca y botella (el vino es algo vivo, nunca será “la misma”, pero es también una discusión para otro post) sin saber el porqué.

 

Otro de los aprendizajes de la experiencia de degustar una copa de vino es que para hacerlo correctamente y apreciar toda esa paleta de olores y sabores, es necesario tomarnos nuestro tiempo. Aun así, abundan las decisiones basadas en la prisa; como comprar la “misma” botella que nos produjo en el pasado una grata experiencia o bien, comprar una botella en función de aspectos visuales como puede ser la etiqueta y esto último sucede cada vez con más frecuencia, ¿se han fijado en los diseños tan innovadores que muestran últimamente las etiquetas?, síntoma claro del poco tiempo que dedicamos a tomar decisiones.  

 

En resumen, ¿qué podemos aprender de la experiencia de la degustación del vino?

 

Lo primero es que no toda la información necesaria para tomar correctamente una decisión procede, con contadas excepciones, de las vías habituales. Hay mucho conocimiento e información procedente de otras vías (canales, en este caso) al que no prestamos atención y que, si lo hiciéramos, podría hacer que nuestra decisión fuera mejor, más completa, más ajustada, más “rica en matices”.

 

Lo segundo es que para que podamos tomar decisiones de esa otra manera, más rica, más competa, más matizada, precisamos tiempo para poder salir del círculo vicioso formado por: no tengo tiempo, por tanto, utilizo una y ogra vez los mismos criterios para buscar, y encontrar, la misma información, ignoro matices, diferencias, divergencias y, consecuentemente, no podré saber si una decisión diferente con más matices podría ser, además de diferente, mejor.

 

En próximos posts reflexionaremos sobre el proceso de elaboración del vino, desde las primeras decisiones de elección de uva y los condicionantes del terreno hasta el embotellado y distribución y los aprendizajes que podemos extraer y aplicar en nuestra actividad como managers y líderes; así como sobre las decisiones que empresas y sector están tomando con la mirada puesta en el largo plazo.

 

 

 

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